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Autor/a: Toni Garzón
‘Atraco a las tres’: Atracadores inolvidables
Publicado el 13/10/2026
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Hacía tanto tiempo que no veía Atraco a las tres que habría podido llegar a pensar que no la había visto nunca. Por eso su visionado hace pocos días me resultó doblemente gratificante. Por un lado, porque se trata de una excelente película. Y por otro, obviamente, porque para mí se trataba casi de un estreno… ¡con seis décadas de retraso!

Pienso que la excelencia de la cinta emana de su brillante argumento, de sus hilarantes situaciones y también de lo que podríamos denominar su 'esencia'. Y es que el filme no concluye con la palabra FIN, ni se queda en la mera anécdota de un chapucero robo –o, mejor dicho, intento de robo– a una entidad bancaria por parte de sus desgraciados empleados. Pues si bien Atraco a las tres nos habla de eso, me parece evidente que también nos habla de mucho más.

¿O acaso no puede parecernos que, desde el propio título, la película remite a un universo infantil o escolar, en el que también se podría decir 'Física a las cuatro' o 'Mates a las doce'? ¿No serán sus atracadores protagonistas, en realidad, niños creciditos o que nunca aprendieron a crecer? ¿Es posible que Atraco a las tres trascienda inteligentemente la sucursal bancaria para abarcar al país en su conjunto, a cierta realidad que se (mal)vivía en esa España sesentera que aún no había crecido, donde parejas de policías omnipresentes vigilaban los movimientos de sus pueriles ciudadanos, y donde estos confiaban en que un atraco a la sucursal en la que trabajan, símbolo de toda una nación, les permitiese por fin cumplir sus sueños eternamente pospuestos?

Observemos un detalle significativo a este respecto: el relevo del director, que durante tantos años ha mandado y cuidado de los protagonistas como un padre cuida a sus hijos, por un tirano que amenaza con clausurar las medias tintas y ponerles a todos tiesos como velas, es lo que les hace tomar por fin la decisión y ponerse manos a la obra: esto es, empezar a actuar como si el atraco, el asalto al sistema que hasta hace nada defendían, ahora fuese lo más importante de sus vidas.

Ahí radica la trascendencia inagotable de Atraco a las tres: en convertir una vulgar sucursal bancaria en símbolo de un país. Por eso, cada vez que vemos la película, esta se nos 'pinta' de forma diferente –nos cuenta las mismas cosas, pero distintas. Y esa cualidad trascendente es algo que muy pocas obras poseen. Digámoslo de nuevo: más que atracadores adultos, los personajes de la película se nos antojan niños a los que las circunstancias sociales, nacionales, les han impedido hacerse mayores. Y por eso las cosas, más que torcérseles, se les retuercen; y el robo resulta una chapuza más, de esas a las que tan acostumbrados estamos por estos lares.

Una muestra: el jefe de la pandilla, un inmenso José Luis López Vázquez, se lía con una extranjera (esos bellezones que pasean por Benidorm), ¡y se olvida del atraco! Llega tarde 'a clase' (siguiendo con el paralelismo escolar) y los foráneos, advertidos por la bella extranjera, se adelantan a los protagonistas (¿No seguimos llegando tarde a todo y a todos los sitios? ¡La modernidad de los clásicos!) y cometen el robo –aunque, al haberse retrasado (atraco a las cuatro), nuestros héroes consiguen pillarles con las manos en la masa, deshacer el entuerto y salvar la sucursal (es decir, el país) que ellos mismos habrían pretendido desmantelar.

Así parece escribirse nuestra historia sine die, y Atraco a las tres no podría reflejarlo mejor. Al final, todo sigue igual. El viejo director, eterno padre de los empleados-niños, restituido en su puesto. Los protagonistas reciben una buena paga con la que alegrar sus raquíticas huchas. Y todo ello, irónicamente, por los supuestos servicios prestados al banco (esto es, a la patria).

Y los sueños, ¿dónde han quedado? Sin duda, no muy lejos de aquellos que perturbaban la noche de los vecinos del castellano pueblo de Villar del Río en Bienvenido, Mr. Marshall (Luis García Berlanga, 1952), o de la desgarradora mirada de Betsy Blair a través del cristal mojado por la lluvia al final de Calle Mayor (Juan Antonio Bardem, 1956).

Volver a ver Atraco a las tres me ha hecho pensar en todas esas películas que, a diferencia de la de Forqué, carecen de trascendencia y quedan relegadas al desván de los trastos olvidados. Eso sí, sin confundir jamás la trascendencia con la pesadez o el aburrimiento –pues yo, por lo menos, nunca dejaré de reírme con las peripecias de Galindo y sus compañeros.


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