En octubre de 1987 se estrenó El bosque animado en el cine Avenida de Madrid. Era una producción modesta, rodada en la Fraga de Cecebre y en Sobrado dos Monxes. Nadie apostaba entonces por ella, y meses después se convirtió en la gran triunfadora de la segunda edición de los Premios Goya, con cinco estatuillas de las ocho candidaturas que sumaba: película, actor protagonista, guion, música original y diseño de vestuario.
La novela de Wenceslao Fernández Flórez (1943) no tiene protagonista único, sino un mosaico de historias que se cruzan en la fraga gallega gracias a un recurso casi mecánico: el tren que bordea el bosque y arrastra a unos personajes hacia otros. Fernández Flórez escribe desde una tercera persona que entra y sale de las conciencias de labriegos, fantasmas, señoritos y animales sin jerarquizar lo humano sobre lo sobrenatural. Azcona acepta la fragmentación en vez de forzarla. La ordena alrededor de tres núcleos de gravedad: el bandido Fendetestas, interpretado por Alfredo Landa; el pocero cojo Geraldo, enamorado de Hermelinda; y el fantasma de Fiz de Cotovelo, condenado a seguir a la Santa Compaña. El tren conserva en la película su función de nexo entre historias, aunque gana también un valor simbólico: es la línea recta de la modernidad, el trabajo, la emigración, el dinero, que atraviesa un espacio circular regido por otro tiempo. Tampoco toca Azcona el tono de fondo. La novela mezcla ternura y crueldad seca sin caer en el sentimentalismo. La muerte de una niña o el fracaso amoroso de Geraldo se cuentan con la misma calma con que se describiría una merienda, y el guion mantiene esa distancia irónica casi intacta.
Donde la película gana más autonomía respecto al libro es en la construcción visual del bosque. La fotografía de Javier Aguirresarobe, que años después haría carrera en Hollywood, deja de lado el naturalismo documental de la Galicia rural y opta por una luz estilizada, casi de decorado teatral iluminado desde dentro. Esa luz responde a algo que en la novela solo se sugiere: la idea de que el bosque tiene alma propia y participa de lo que ocurre entre los humanos. A Fernández Flórez le basta una elección gramatical para lograrlo, nombrar a la fraga como sujeto, hacer que «el bosque» sepa o presienta algo. El cine carece de ese recurso, así que Cuerda y Aguirresarobe lo sustituyen por contraluces, brumas y claros que se abren justo a tiempo, sin recurrir a un solo efecto especial. Es, en el fondo, una sobreinterpretación: añade algo que el texto nunca dice de forma explícita. Este gesto responde a una intuición que sí está en la novela, la de un espacio que no es mero escenario. Gracias a ella, la película, pese a su reparto coral y a la falta de un arco dramático convencional, no se percibe como una sucesión de episodios sueltos: la luz une lo que la narración fragmenta.
Alfredo Landa compone a Fendetestas desde la humanidad más que desde la comicidad que el público esperaba de él, aunque ya había protagonizado El crack (José Luis Garci, 1981) y su secuela. Es un bandido fracasado, más payaso triste que forajido, y su interpretación no es del todo uniforme: conviven momentos de gesto mínimo y voz contenida, oscilando entre la bravuconería y el desamparo, con algún golpe de efecto que se excede y recuerda al Landa más cómico de otras películas. Ese contraste no le resta mérito al personaje; al contrario, es parte de lo que lo hace memorable: un bandido que no termina de decidir si tomarse en serio su propio papel. A su alrededor, Fernando Valverde, Miguel Rellán y Manuel Alexandre sostienen el tono coral sin robar protagonismo, en un reparto que reúne a dos generaciones del cine español.
Hay además un aspecto muy relevante: el humor de la película no busca el gag ni la risa fácil. Cuerda entendió que la comicidad de Fernández Flórez nace de cómo sus personajes aceptan la vida, no de situaciones extravagantes. Son hombres y mujeres que sobreviven como pueden, que exageran, sueñan, se resignan o se engañan a sí mismos, y a los que el escritor mira siempre con una mezcla de ironía y afecto. Cuerda evita convertirlos en caricaturas rurales, una tentación frecuente en cierta comedia española de la época; incluso Fendetestas despierta más compasión que miedo, porque hay en él la conciencia de pertenecer a un mundo que desaparece poco a poco. Los elementos fantásticos, fantasmas, supersticiones, la presencia casi mágica del bosque, se integran en la vida cotidiana con la misma naturalidad con que la novela los trataba, y el espectador termina aceptando esas reglas sin preguntarse demasiado dónde acaba la realidad y dónde empieza la fantasía.
Al palmarés de los Goya de 1988 se sumaron dos nominaciones de la Academia Europea de Cine. Esa noche compitió con otra adaptación literaria, Divinas palabras (José Luis García Sánchez, 1987), basada en la obra de Valle-Inclán, en una edición que premió sobre todo el cine construido a partir de textos previos. Curiosamente, Cuerda no estaba nominado a mejor director, una ausencia que con los años se ha convertido en una de las anomalías más comentadas de aquella gala.
Volver hoy a El bosque animado no consiste solo en comprobar su fidelidad a Fernández Flórez, sino en observar cómo el cine, incapaz de replicar ciertos recursos literarios, inventa equivalentes visuales que terminan iluminando aspectos del texto que una lectura convencional pasaría por alto. La luz de Aguirresarobe no ilustra la novela, la interpreta, y le añade una capa de sentido sobre la vida latente del bosque que el original sugiere pero nunca explicita del todo. Ese margen de invención es quizá la prueba más clara de que Azcona y Cuerda entendieron el libro en profundidad.
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