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Edgar Neville, un lujo en Platino EDUCA
Publicado el 01/06/2026
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Escritor, dramaturgo, director y guionista de cine, gastrónomo y bon vivant, Edgar Neville (1899-1967) fue todo eso y mucho más: Conde de Berlanga del Duero, amigo de personalidades como Charles Chaplin, Douglas Fairbanks Jr., Salvador Dalí, Manuel Altoloaguirre, Emilio Prados o José María Hinojosa, colaborador de la Revista de Occidente que dirigiera Ortega y Gasset en los años 20, y miembro distinguido de esa pléyade de humoristas –Mihura, Jardiel, Tono, Herreros, Antoniorrobles– a la que su admirador, el dramaturgo y colaborador de la Revista de Occidente José López Rubio, bautizara como 'la otra Generación del 27' en su discurso de ingreso en la Real Academia Española –allá por 1983.

Edgar Neville en 1936. (Dominio público)

Neville constituye un verdadero lujo de la cultura en español que, inexplicablemente, aún espera encontrar el lugar que le corresponde en la nómina excepcional de autores de su rango y categoría. Platino EDUCA tiene el honor de incluir tres de principales obras cinematográficas en un catálogo que ya cuenta con la más brillante muestra del cine español y en español. En los años 40 del pasado siglo, Neville dirigió dos películas muy distintas entre sí que hoy forman parte del elenco con mayúsculas de la mejor cinematografía española. Se trata de Nada (1947), adaptación de la leidísima novela homónima de Carmen Laforet, y de su gran éxito de crítica y público: La vida en un hilo (1945).

Conviene detenerse especialmente en esta última, pues se trata de un prodigio de talento, ironía y crítica a la pacata sociedad de aquellos años tristes. Una verdadera exaltación de la buena vida, un estudio de los contrastes entre la pasión amorosa y las normas sociales, y una divertidísima comedia en la que no deja títere con cabeza al mostrar la estrechez de miras de cierta burguesía madrileña: la que se movía en el perímetro que va de la calle Juan Bravo a la de Serrano, en el elegante –es un decir– barrio madrileño de Salamanca. Una versión hispana del mejor Ernst Lubitsch, en los márgenes que el franquismo se podía permitir –que eran bien estrechos.

La vida en un hilo (Edgar Neville, 1945).

La trilogía «nevilliana» de Platino EDUCA se cierra, por ahora, con El baile (1959), una comedia en la que los tres personajes protagonistas –Pedro, Julián y Adela– forman un curioso triángulo de pasiones y renuncias. En ella el baile es metáfora de una vida –la que quiere llevar Adela– llena de emociones, encuentros, pasiones y viajes, y enfrentada a la tentación de una existencia marcada por lo rutinario, lo acomodado y lo seguro.

Este dilema vital recorre buena parte de la cinematografía de Neville –como podemos comprobar en La vida en un hilo, sin ir más lejos. Estamos, en cualquier caso, ante otra obra maestra que, sumada a las dos ya mencionadas –y a las guías metodológicas universitarias que próximamente las acompañarán–, ofrecen a los estudiantes usuarios de Platino EDUCA la oportunidad de descubrir el legado de este genio.

Neville fue siempre un heterodoxo, un distinguido marginal que jugaba con los protocolos sociales a su antojo. Casi siempre se lo pudo permitir, y cuando no fue así –por censura o por otra martingala–, le dio igual y siempre encontró un resquicio para arremeter contra el convencionalismo y la falta de libertad. No era un militante de nada que no fuera el buen vivir, la alegría de vivir. Todas sus grandes películas tratan de eso. De la vida como azar, como ventura y como placer. Era un dandy, en el sentido que Oscar Wilde le dio al término. La diferencia, escribía Wilde, entre un dandy y un snob es el que el snob mataría para que le invitaran a una fiesta y el dandy mataría para que le echaran de esa fiesta.

Nada (Edgar Neville, 1947).

La pasión por la vida, en sus extremos más libertarios (escribir, filmar, amar, viajar, beber, comer), Neville la trasladó a sus obras literarias y cinematográficas bajo el poderoso influjo de quien fue la estela de su generación: Ramón Gómez de la Serna (1888-1963), a quien le dedicó una temprana autobiografía: Carta a Ramón Gómez de la Serna (1922).

De este había aprendido que «en la vida hay que ser un poco tonto, porque si no lo son sólo los demás y no te dejan nada». La de Neville era una visión de la existencia como un juego fatal, sin retorno; y de la literatura y el cine como un enigma divertido, en el que la ficción y el humor componen lo verdaderamente esencial. Supo trasladarla a sus obras con una bonhomía emocionada.

De su aventura en Hollywood, junto a Buñuel, Rosita Díaz Gimeno, Luis Peña y los mencionados Jardiel y López Rubio, aprendió el cosmopolitismo que caracterizaría el conjunto de su obra. Un cosmopolitismo intelectual que le permitió teñir algunas de sus películas de una curiosísima mezcla entre lo mejor del expresionismo alemán del período de entreguerras y del sainete madrileño –como es el caso de otra obra maestra del cine español, La torre de los siete jorobados (1944). También dirigió un documental excepcional sobre el cante, Duende y misterio del flamenco (1952), cuyo capítulo dedicado a la distinción de los diversos géneros del cante es una de esas maravillas que Neville destila a cada rato.

El anecdotario de Neville es diverso, extemporáneo y, probablemente, apócrifo. Pero la fuerza de su ingenio, la cuidada ironía de las distinguidas diatribas hacia su propia clase, y el talento de sus originales tramas marcaron la leyenda de un autor excepcional. Su constante, conciso e inteligente acoso a los cursis no sólo constituye un maravilloso mosaico de la denuncia de la estupidez social, sino también un alegato en contra de los convencionalismos más atorrantes. Neville, sí, fue un español fuera de su tiempo; un feliz visionario que veía signos, destellos y estelas donde el común de sus compatriotas apenas veía el cielo –por un agujero tan estrecho que ni la luz entraba.

El baile (Edgar Neville, 1959).

Madrileño de nacimiento, su amor por la capital, su ciudad, lo dejó inmortalizado en películas como Domingo de carnaval (1945), El crimen de la calle Bordadores (1946), El último caballo (1950) o Mi calle (1960) –todas ellas un prodigio de sensibilidad y de aunar, como pocos son capaces de hacer, la Cava Baja y el Palacio Real, el Museo del Prado y el Rastro, lo culto y lo popular, en las mismas líneas, con el mismo fervor hacia uno y hacia otro.

Nada es vulgar en una película de Neville. Y en un país que tendía al vulgarismo como la primavera al verano, no se lo perdonaron ni los (h)unos ni los (h)otros. Neville posee, y cultiva, la ironía cervantina, el desparpajo quevedesco, la compasión lazarillesca, las sombras de Gutiérrez Solana y el humor deportivo, muy siglo XX, de Gómez de la Serna. «Mis clientes son los otros». Como su España era otra, una que si existía constituía una minoría selecta, orteguiana, culta y desprejuiciada.

Neville era un peregrino en su patria, un extranjero de sí mismo. Se había educado en una España con un fuerte acento regeneracionista, y la Guerra Civil truncó ese anhelo de modernidad, o mejor, de contemporaneidad. Pero él, camuflado en o tras la cursilería del franquismo, supo mantener las esencia de la lucidez, el lujo intelectual, el desgarro poético y el inevitable sainete patrio.

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