«El que conoce el arte de la aproximación directa e indirecta resultará victorioso. Así es el arte de maniobrar».
Sun Tzu, El arte de la guerra
El cine es, sin duda, la manifestación artística que mejor y con mayor capacidad de persuasión refleja los valores, las raíces y la identidad de un país. Y lo mismo puede aplicarse a las ideologías. El audiovisual en general –y el cine en particular– ha sido utilizado por uno y otro bando como una eficacísima herramienta de propaganda en situaciones de contienda bélica. Pero no solo en esas circunstancias excepcionales. Y es que también ha existido y existe la propaganda económica, moral o religiosa, que el cine ha ido incorporando a lo largo de su historia. En este sentido, la manipulación que se muestra en
La cortina de humo (Barry Levinson, 1997), en la que los personajes de Dustin Hoffman y Robert de Niro se inventan un conflicto con Albania para desviar la atención de una situación escandalosa que ha salpicado al presidente de los Estados Unidos, es un claro ejercicio de propaganda no precisamente bélica…
Las distintas corrientes políticas de comienzos del siglo XX –y una larga lista de líderes carismáticos como Hitler, Lenin o Roosevelt– pronto se dieron cuenta del enorme potencial político del cine y lo utilizaron como parte de sus estrategias. A Lenin se le ha atribuido la frase: «De todas las artes, el cine es la más importante para nosotros». Por su parte, Hitler escribió: «Pronto me di cuenta que el uso de la propaganda es un verdadero arte que ha permanecido prácticamente desconocido para los partidos burgueses». Y encontró en su ministro de propaganda e información, Goebbels, un verdadero maestro en la utilización del cine como instrumento para controlar la vida cultural e intelectual alemana. Porque la propaganda forma parte de un proceso comunicativo que trata de influir en la conducta de la audiencia –persuadiendo, tratando de modificar ideas y actitudes hacia gobiernos y gobernantes.
Una de las realizadoras más importantes con las que contó Goebbels fue Leni Riefenstahl, quien en 1935 estrenó El triunfo de la voluntad para retratar y ensalzar el congreso del partido nazi que tuvo lugar en Nuremberg el año anterior. Este documental está considerado como una obra de arte desde el punto de vista artístico, pero a la vez es una de las producciones con mayor –y más cuestionable– carga ideológica de la historia. En contrapartida, la genial El gran dictador de Charles Chaplin nos demostró, en un año tan delicado como 1940, que también se puede hacer «contrapropaganda» abordando los mismos temas que el enemigo e incluso apropiándose de su estética.
Tanto en la Revolución Rusa de 1917 como en la Primera Guerra Mundial (1914-1918) y más allá, el cine jugó un papel clave como instrumento de propaganda, ya fuese como aparente medio de evasión, o como fórmula para ensalzar los méritos propios y despreciar los del enemigo, o para justificar la necesidad de la presencia nacional en el conflicto. En la Rusia soviética de 1925, El acorazado Potemkin demostró cómo una película de gran valor artístico puede tener a su vez una clara intención propagandística –la exaltación de la Revolución Rusa a partir de la recreación épica de un motín acontecido en 1905, que resultó en una rebelión contra los oficiales de la armada zarista.
Tan claro fue este papel del cine en el periodo que comprende ambas guerras europeas, que ningún estado dudó en nacionalizar la industria cinematográfica para poder controlar sus mensajes y contenidos –un fenómeno que también afectó a potencias no europeas como Japón o los propios Estados Unidos. El propio Hitler habría afirmado que «el cine, junto con la radio y el automóvil, hizo posible nuestra victoria».
El Pato Donald lanza un tomate a Hitler en el cartel del cortometraje de animación El rostro del Führer (riotluckk / CC BY-SA 2.0)

Resulta curioso constatar cómo la mismísima factoría Disney también tuvo su papel en la contienda, apoyando a los aliados a través de sus cortometrajes animados. Por citar solo tres ejemplos: el malísimo lobo feroz de The Thrifty Pig (Ford Beebe y Burt Gillett, 1941) lleva una gorra con la esvástica –una forma más que evidente para identificar al enemigo con el mal–; Education for Death: The Making of the Nazi (Clyde Geronimi, 1943) narra la historia de Hans, un niño nacido en la Alemania nazi que es educado y adoctrinado para convertirse en un despiadado soldado; y El rostro del Führer (Jack Kinney, 1943), en la que el Pato Donald tiene la pesadilla de vivir en un mundo nazi. Pero no hace falta irse tan atrás en el tiempo: si alguien tuviera que justificar la participación de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, ¿habría mejor justificante que la película Pearl Harbor (Michael Bay, 2001)?
Tampoco España se quedó atrás en la utilización de la propaganda en el cine. La Guerra Civil ha sido un recurso inagotable de películas y documentales, patrios y extranjeros, que se han posicionado a favor de uno u otro bando: desde Tierra de España (Joris Ivens, 1937), con textos de Hemingway, hasta Raza (José Luis Sáenz de Heredia, 1942), escrita por el propio Franco –por no mencionar todos los títulos producidos a partir de la Transición–, el conflicto nacional nos ha ofrecido una relación extraordinariamente rica de producciones que han abordado aquel periodo histórico desde todos los ángulos posibles: ideología, humor, cotidianidad, reivindicación, etc.
¡Ay, Carmela! (Carlos Saura, 1990). El sentido que el cine concedió a la Guerra Civil evolucionó a lo largo del s. XX.
Cierto es que al finalizar los grandes enfrentamientos de la primera mitad del siglo XX, la utilización de la propaganda política en el cine perdió parte de su efectividad en Occidente, surgiendo entonces nuevas formas de representar la guerra y los conflictos sociales –por ejemplo, aquella que se centra en la figura del soldado/héroe que muestra sus sentimientos, temores e incluso dudas morales en aquello que hace. Pero no nos engañemos: las emociones, bien administradas y reproducidas, pueden ser una herramienta tan poderosa como la propaganda más tradicional y evidente.
Algunos regímenes totalitarios, como el de Corea del Norte, siguen utilizando el cine exclusivamente como instrumento propagandístico. (John Pavelka - Mansudae Art Studio)
Tampoco olvidemos que al hablar de propaganda siempre tenemos que considerar el aspecto negativo de la misma: la censura. Esta se trata de una forma de manipulación que, en ocasiones, puede resultar más sutil –pues administra la información que se difunde, eliminado de manera estudiada y deliberada ciertas opiniones, imágenes o textos. En España, incluso el doblaje de las películas sirvió a ese fin –aunque los resultados perseguidos siempre fueron los mismos: controlar el contenido que llega al público con fines ideológicos.
Un ejemplo de esto lo encontramos en la versión española de Casablanca (Michael Curtiz, 1942), en la que Humphrey Bogart combatió junto a la resistencia contra los nazis en Austria… mientras que en la versión original había luchado en el bando republicano durante la Guerra Civil Española.
Un último recordatorio: las guerras y enfrentamientos sociales siguen existiendo entre naciones y dentro de ellas, pero en ocasiones da la impresión de que los enemigos han cambiado, que se han diluido. Y es que ahora nos encontramos ante conflictos globales en los que colisionan no ya países individuales, sino enormes alianzas militares y económicas que pueden emplear armas invisibles como los ataques cibernéticos o incluso la denominada «guerra biológica». Pero también la destrucción medioambiental, la marginación de grupos sociales o los fenómenos migratorios pueden formar parte del arsenal. Tanto el argumentario como las técnicas tenían que cambiar a la fuerza, porque nuestra realidad es muy distinta a la de hace 100 o 50 años. ¿Una muestra de esto, a mi juicio especialmente persuasiva? La película El francotirador (Clint Eastwood, 2014).
Películas mencionadas